Sentir que nuestras vidas han quedado suspendidas en el tiempo. En un limbo.
Que la vida se ha parado desde aquel fatídico mes de marzo en que estupefactos nos enfrentábamos a un virus que se había ido aproximando peligrosamente. Incrédulos. No supimos prever la magnitud. No entraba dentro de nuestros parámetros, de nuestro esquema mental.
En mi caso siento que pasé de cien a cero revoluciones en un día. De estar reflexionando sobre como afrontar una primavera cargada de trabajo después de un otoño e invierno que ya habían sido intensos, a afrontar un calendario en blanco. Todo parado, todo cancelado.
Y así seguimos.
A la vez sentir que una vida entera ha transcurrido durante estos últimos 8 meses.
Sentir que no soy la misma. Que he empezado a apreciar y valorar las cosas de un modo distinto.
Sentir que es una de las etapas más retadoras que hemos afrontado.
Por momentos ver que a nivel personal esta situación ofrece la posibilidad de reflexionar, valorar, reconsiderar, aprender, aprovechar…. Por otros no saber nada, no entender nada.
Sentirme muchas veces perdida, vulnerable, enfadada, cansada.
Sentir miedo.
Días que se desvanecen entre los dedos y no los puedo retener…en un año que paradójicamente no termina nunca.
Echar de menos todo. Los rostros, los abrazos amigos, los murmullos en una sala de cine llena, incluso la rutina. Los planes, la improvisación, las risas, los encuentros fortuitos, el ruido de un bar, un concierto, viajar, descubrir.
Sentir dolor por todos los que sufren. Por los que han visto lo que no hubieran querido ver nunca. Por los que han perdido. Por la soledad. Las injusticias, las diferencias.
2020, vaya año.